De La profanación de Don Juan, de Juan Mairena, al aula: aprender literatura haciendo teatro

Infografía sobre la evolución del mito de don Juan, desde Tirso de Molina y Ana Caro Mallén hasta la Generación del 27 y La profanación de don Juan de Juan Mairena.

Cuando el teatro formaba parte de la educación

Los colegios jesuitas ya habían convertido el escenario en una prolongación del aula.

¿Y si una de las mejores maneras de enseñar literatura consistiera en invitar a nuestros alumnos a reescribirla, interpretarla y representarla?

La pregunta puede parecer una propuesta de innovación educativa, pero tiene varios siglos de historia. Mucho antes de que habláramos de aprendizaje competencial, metodologías activas o proyectos interdisciplinares, el teatro ya ocupaba un lugar destacado en la formación de los estudiantes.

La historia de la educación española ofrece numerosos ejemplos de instituciones que entendieron la práctica teatral no como un entretenimiento ajeno al aprendizaje, sino como una herramienta para desarrollar la expresión oral, la memoria, la sensibilidad artística, la creatividad y la capacidad de relacionarse con los demás.

Y también para algo que a veces olvidamos: aprender literatura haciendo literatura.

Un reciente espectáculo teatral, La profanación de don Juan, con dramaturgia y dirección de Juan Mairena, nos ofrece una magnífica oportunidad para recuperar esa tradición y preguntarnos qué lugar podría ocupar hoy el teatro en nuestras escuelas.

Unos antecedentes históricos sorprendentes

Durante los siglos XVI y XVII, los colegios de la Compañía de Jesús hicieron de las representaciones teatrales una práctica habitual de su actividad educativa.

Los estudiantes no se limitaban a leer las obras de los autores clásicos. Participaban en representaciones, memorizaban parlamentos, ejercitaban la declamación y aprendían a desenvolverse ante un público.

El teatro permitía poner en práctica los conocimientos adquiridos en las clases de Gramática, Poética y Retórica. Los alumnos debían comprender los textos, interpretar personajes, modular la voz, argumentar y dominar los recursos expresivos del lenguaje.

La dimensión religiosa y moral de aquellas representaciones respondía, naturalmente, a los objetivos educativos de su tiempo. Pero, más allá de ese contexto, encontramos una metodología que todavía resulta sorprendentemente moderna: aprender mediante la participación activa.

Un ejemplo especialmente significativo es el Colegio de San Hermenegildo de Sevilla, donde en 1591 se representó una ambiciosa tragedia sobre el santo visigodo, con una compleja escenografía y participación de estudiantes.

Los colegios jesuitas habían convertido el escenario en una prolongación del aula.

Cervantes, Lope y Calderón: una educación próxima al teatro

La posible relación de Miguel de Cervantes con la educación jesuítica resulta especialmente interesante.

Durante su infancia, la trayectoria de su familia estuvo vinculada a ciudades como Córdoba y Sevilla, donde la Compañía de Jesús había establecido colegios dedicados a la enseñanza de las primeras letras, la gramática y las humanidades.

Diversos biógrafos han defendido la posibilidad de que Cervantes recibiera parte de su primera formación en aquellas instituciones, aunque no contamos con documentación concluyente que permita asegurarlo.

Como explica Jean Canavaggio en su biografía de Cervantes, publicada en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, los primeros años del escritor siguen presentando importantes lagunas documentales.

Lo que sí conocemos es su temprana fascinación por el teatro, especialmente por las representaciones de Lope de Rueda, cuyo recuerdo evocaría años después en el prólogo de sus Ocho comedias y ocho entremeses.

Y también resulta significativo que en El coloquio de los perros Cervantes incluyera una descripción elogiosa de la enseñanza impartida por los jesuitas.

Infografía sobre Cervantes y el teatro: la influencia de Lope de Rueda y las referencias a la educación jesuita en sus obras de 1613 y 1615.

Más directa es la relación de otros grandes dramaturgos con los colegios de la Compañía.

Lope de Vega y Calderón de la Barca estudiaron en instituciones jesuitas madrileñas, antecedentes del actual Instituto de San Isidro.

El propio Lope recordaría que había comenzado a escribir comedias siendo todavía un niño.

La pregunta resulta inevitable: ¿cuánto debió de contribuir aquel ambiente educativo, donde los clásicos no solo se leían sino que también se representaban, a despertar la vocación de algunos de nuestros mayores escritores?

El Instituto de San Isidro: una tradición teatral que llega hasta nuestros días

En Madrid conservamos un ejemplo especialmente valioso de continuidad histórica: el Instituto de San Isidro, heredero de las instituciones docentes de la Compañía de Jesús y del antiguo Colegio Imperial.

Por sus aulas pasaron Lope de Vega, Calderón de la Barca y, en épocas posteriores, otros nombres destacados de la literatura y las artes escénicas.

Pero lo más interesante no es únicamente su ilustre nómina de antiguos alumnos.

El propio instituto reivindica actualmente su larga tradición teatral como una de sus señas de identidad.

Este ejemplo nos recuerda que el patrimonio educativo no está formado solamente por edificios, bibliotecas, colecciones científicas o documentos históricos. También lo integran las prácticas pedagógicas que las instituciones han sabido conservar, transformar y transmitir.

Y pocas resultan tan vivas como el teatro dentro del aula.

Fachada del Instituto de San Isidro de Madrid, heredero del antiguo Colegio Imperial de los jesuitas.

La renovación pedagógica: de la Institución Libre de Enseñanza a la Edad de Plata

Si en 2026 celebramos el 150.º aniversario de la fundación de la Institución Libre de Enseñanza, en 2027 conmemoramos el centenario de la Generación del 27.

Dos aniversarios que nos invitan a recordar la estrecha relación entre la renovación pedagógica y el extraordinario florecimiento cultural que vivió España durante la llamada Edad de Plata.

Con la fundación de la Institución Libre de Enseñanza en 1876 se abrió un nuevo capítulo en la historia de la educación española.

Francisco Giner de los Ríos, Manuel Bartolomé Cossío y sus colaboradores defendieron una formación integral que no podía reducirse a la acumulación de conocimientos ni a la memorización de los contenidos de un programa.

El contacto con la naturaleza, las excursiones, la observación directa, la educación artística y la participación activa del estudiante debían contribuir a desarrollar todas las dimensiones de la personalidad.

El teatro encontraba un terreno especialmente favorable dentro de esa concepción.

Durante las primeras décadas del siglo XX, las nuevas ideas pedagógicas y las iniciativas de la Escuela Nueva favorecieron múltiples encuentros entre educación, literatura y artes escénicas.

La Residencia de Estudiantes fue uno de los escenarios más fecundos de aquel ambiente.

Y precisamente allí encontramos una historia que, cien años después, vuelve a invitarnos a jugar con los clásicos.

Infografía del 150 aniversario de la Institución Libre de Enseñanza, con Francisco Giner de los Ríos, la Residencia de Estudiantes y la Generación del 27.

La profanación de don Juan: cuando los estudiantes se atreven con Zorrilla

«Hasta este centenario del 27, teníamos los donjuanes de Tirso de Molina, Molière, Goldoni, Mozart, Lord Byron y Zorrilla. Y, desde ahora, tenemos también el delirio de los jóvenes del 27, reconstruido por Juan Mairena, donde se hilan textos y revisiones feministas del mito, haciendo escuchar las voces de Maruja Mallo, Margarita Manso, y Concha Méndez secundadas por Dalí, García Lorca y Buñuel»

Entre los acontecimientos culturales que acompañan la celebración del centenario de la Generación del 27, pocos pueden resultar tan inspiradores para quienes nos dedicamos a la educación como La profanación de don Juan, el espectáculo creado por Juan Mairena.

En 1924, un grupo de jóvenes vinculados a la Residencia de Estudiantes, entre los que se encontraban Federico García Lorca, Salvador Dalí, Luis Buñuel y Pepín Bello, participó en una irreverente recreación del Don Juan Tenorio de José Zorrilla.

Aquellos jóvenes no se conformaron con recibir pasivamente el legado literario del siglo XIX.

Con el estímulo de sus profesores, se aventuraron a intervenir en él, apropiarse de sus personajes, alterar sus convenciones y convertir una obra consagrada en materia de experimentación y juego colectivo.

Un siglo después, Juan Mairena ha llevado de nuevo aquella aventura a los escenarios.

A partir de anotaciones, testimonios y documentos históricos, la dramaturgia reconstruye y recrea aquel episodio, incorporando nuevas perspectivas sobre la Generación del 27, las mujeres de la Edad de Plata y las contradicciones de la sociedad de su tiempo.

Como hemos podido leer en Hispanofilia, en el artículo dedicado a esta representación, «Hasta este centenario del 27, teníamos los donjuanes de Tirso de Molina, Molière, Goldoni, Mozart, Lord Byron y Zorrilla. Y, desde ahora, tenemos también el delirio de los jóvenes del 27, reconstruido por Juan Mairena, donde se hilan textos y revisiones feministas del mito, haciendo escuchar las voces de Maruja Mallo, Margarita Manso, y Concha Méndez secundadas por Dalí, García Lorca y Buñuel».

El espectáculo consigue algo extraordinario: transformar a los espectadores de hoy en cómplices de aquellos jóvenes de 1924.

Pero, desde una perspectiva educativa, la obra nos sugiere algo más.

Del metateatro al aula: aprender literatura desde dentro

Imaginemos un grupo de estudiantes que, en lugar de tener que afrontar la lectura obligatoria del Don Juan Tenorio para preparar un examen, tuviera que leerlo para montar con sus compañeros la versión más divertida posible de ese mismo clásico.

Una de las posibilidades pedagógicas más interesantes de La profanación de don Juan reside en su dimensión metateatral.

Los espectadores asistimos a una representación en la que unos personajes históricos preparan, interpretan y transforman otra representación teatral.

Ese juego de espejos permite acercarse simultáneamente a una obra literaria, a su contexto histórico, a sus intérpretes y a las diferentes maneras de leerla.

Trasladado al aula, este juego teatral abre un interesante campo de experimentación educativa.

Imaginemos un grupo de estudiantes que, en lugar de tener que afrontar la lectura obligatoria del Don Juan Tenorio para preparar un examen, tuviera que leerlo para montar con sus compañeros la versión más divertida posible de ese mismo clásico.

De pronto, conocer la obra, comprender sus personajes, descubrir sus conflictos y familiarizarse con su lenguaje dejaría de ser únicamente una obligación académica para convertirse en una necesidad creativa.

Y, en lugar de limitarse a representar algunas escenas, ¿por qué no construir otra obra en la que los propios alumnos, convertidos en personajes, discutan cómo debe representarse el clásico?

¿Qué pensarían hoy de don Juan y doña Inés? ¿Cómo interpretarían sus relaciones? ¿Qué personajes querrían modificar? ¿Qué conflictos sociales contemporáneos encontrarían reflejados en el texto?

El resultado podría convertirse en una obra nueva, nacida del diálogo entre los estudiantes y la tradición literaria.

¿No sería una magnífica herramienta educativa, de cara al centenario de la Generación del 27 y para los años posteriores, contar con una edición escolar de La profanación de don Juan, de Juan Mairena, acompañada de materiales didácticos que permitieran llevar a las aulas el espíritu creativo, irreverente y experimental de aquellos jóvenes de la Residencia de Estudiantes?

Una edición que reuniera el texto dramático, los documentos históricos que inspiraron su creación, fragmentos del Don Juan Tenorio de José Zorrilla y propuestas para que los estudiantes desarrollasen sus propias reinterpretaciones.

Y sería fantástico que esta iniciativa provocara un contagio virtuoso entre los centros escolares, animándolos a sumarse cada noviembre, con sus propias y atrevidas invenciones, a la tradición del Don Juan Tenorio: una tradición tan española como universal, cuyo protagonista ha trascendido nuestras fronteras para instalarse en el imaginario cultural de buena parte del mundo.

La representación que hemos tenido ocasión de disfrutar en el Teatro Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa, cuya programación queremos agradecer al Área de Cultura del Ayuntamiento de Madrid, demuestra hasta qué punto una experiencia teatral puede convertirse en una invitación a leer, interpretar y reinventar nuestros clásicos.

Nuestro agradecimiento también a Juan Mairena, por una propuesta teatral que no solo recupera la irreverencia de aquellos jóvenes de 1924, sino que nos anima a imaginar nuevas posibilidades para la educación literaria.

Puestos a soñar con nuevas aventuras educativas, soltamos esta paloma al aire. Ojalá encuentre, al calor del centenario de la Generación del 27, los vientos favorables que la lleven hasta las aulas y los escenarios de nuestros colegios e institutos.

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